EL CASTIGO POR
AVERGONZAR A NUESTRO PRÓJIMO
Grande pecado es avergonzar a una
persona tanto en privado como en
público, es más el judaísmo lo equipara al asesinato, ya que una persona
avergonzada pierde respeto, estima y se ve disminuida en su calidad de persona,
hechos que se equiparan a un crimen.
Se
cuenta que en tiempos del Arizal la ciudad de Tzefat era un sitio de reunión de
muchos judíos marranizados quienes al redescubrir sus raíces judías deseosos
retornaban a sus costumbres. Tenían un grande amor y temor por Hashem pero no
conocían nada de Halajá, de ahí que ellos seguían a veces ciertas prácticas
nada ortodoxas en el sentido estricto de la palabra.
Un
Shabat por la noche luego del servicio, el rabino que no había marchado aún,
vio entrar a la sinagoga un hombre sencillo con dos jalot recién horneadas que
despedían aún su olor fragante, acompañadas de una botella de vino tinto de muy
buena calidad, lo vio dirigirse al Aron Kodesh, lo abrió y puso las jalot y el
vino junto a las Torot, murmuró algunas palabras y lo cerró.
El
rabino asombrado le preguntó que era lo que estaba haciendo y este le
respondió: “Soy un jornalero y tengo que trabajar mucho para ganarme la vida,
pero me las arreglo para lograr ahorrar unos pocos céntimos cada día para traer
este sacrificio a Hashem. Todos los viernes por la noche vengo con mi ofrenda,
la pongo en el lugar más santo de la sinagoga y rezo para que le sea agradable
a Hashem”
Al
escuchar esto el rabino se molestó y le dijo: “¿Te crees que Hashem es una
persona de carne y hueso que come y bebe tus sacrificios? El no necesita tus
jalot ni vino para nada”
El
hombre le respondió: “Rabino soy una persona sencilla, nunca he tenido
oportunidad de estudiar Torá o halajá. Creía que a Hashem le gustaba mi ofrenda
y que se la comía. Hace mucho que vengo los vienes en la noche y por la mañana
ya las jalot y el vino han desaparecido. Estaba seguro que El aceptaba mi
regalo que siempre le di de corazón”
Al
escuchar esto el rabino entró en cólera aún más y le gritó: “¿Torpe no te das
cuenta que debe ser el shamash quien se lleva tus regalos!”
EL
hombre salió de la sinagoga con su cara encendida y ardiendo de vergüenza y
profundamente decepcionado de que Hashem
no necesitara su ofrendas y que fuera el shamash quien se comía sus regalos que
con tanto amor él llevaba cada Shabat.
Este
incidente llegó a oídos del Arizal y este mandó a llamar al Rabino, una vez
frente a él le dijo: “Vaya a su casa y dígale a su familia cuáles son sus
últimos deseos antes de morir. El Tribunal celestial le ha condenado a muerte
por la forma como avergonzó a ese pobre hombre”
El
rabino se defendió como pudo alegando que todo lo que le había dicho al hombre
generoso era cierto a lo cual el Arizal le respondió. “Desde que el templo fue
destruido Hashem echa de menos la avodá. Cuando el marrano llevaba su ofrenda y
la presentaba de todo corazón, su acción
encontró favor a los ojos de Hashem ya que lo que El busca es la buena voluntad
del corazón de una persona; y ahora, usted ha terminado con ello. Nunca más
llevará el vino y las jalot que tanto gustaban a Hashem. Y como usted es el
causante, tiene que pagar con su vida”. Murió al día siguiente” (El Arizal,
Editorial Jerusalem de México)
Esta
breve narración nos enseña el peligro tan grande al cual nos exponemos si
avergonzamos a una persona, ya que ello como dije, se equipara a un
crimen. Si una persona realiza actos
puros y sinceros ante Hashem a Quien le son agradables, no podemos nosotros
decidir sobre la viabilidad de los mismos, sino que eso solo le corresponde a
El, de manera tal que debemos ser muy cautelosos cuanto emitamos criterios
severos a una persona, y mucho más si
por su conducta, buena o mala lo avergonzamos o ponemos en ridículo. Hay muchas
formas de decir las cosas, un severo regaño y una humillación se pueden evitar
tratando a la otra persona con palabras cariñosas y dulces para hacerle
entender si es del caso, que está en un error.
Gabriel
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